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Nueva Zelanda. Isla norte.

Con la ayuda de nuestra familia adoptiva, alquilamos una furgoneta equipada con lo básico: cama, cocina y fregadero.

Preparando la cena
Con un tamaño algo mayor que nuestra Partner, se manejaría muy bien si no fuese por un pequeño detalle: tiene el volante a la derecha. Y es que, como colonia británica que fueron, se conduce por la izquierda. Al principio parece que te vas a estrellar en cualquier lado, pero la verdad es que enseguida te acostumbras y al poco te parece de lo más natural. El cambio automático hace que no sea necesario manejar las marchas con la mano izquierda, lo que se agradece bastante.
Nuestro primer destino fue Goat Island,
Norte de la isla Norte
una reserva marìtima al norte de Auckland, famosa para los amantes del snorkel (buceo con tubo y gafas). Y es que aquí, al igual que en sudamérica, el norte es sinónimo de calor y buen tiempo y el sur lo contrario, en términos generales. No tuvimos mucha suerte con nuestro buceo, ya que el agua estaba turbia, pero los paisajes eran impresionantes.
Geiseres en Rotorua
Volvimos dirección sur para encaminarnos a Rotorua, una zona volcánica con geiseres y con pueblos maories. Pese a ser uno de los sitios más turísticos del país, merece la pena la visita por ver en medio de los parques, al lado de las casas, columnas de vapor de agua sulfurosa que surge de los geiseres inundando la ciudad con un olor a huevos podridos.
Cuatro Maoríes
Al pricipio es desagradable pero luego ya ni lo notas. Visitamos un poblado maori con espectáculo de cantos y baile, edificios típicos, artesanía, etc.  También fuimos a piscinas y baños termales, una gozada.
Rios de película
No se puede acampar (autocaravanear) en cualquier sitio en el país, pero hay muchos campings y zonas habilitadas para ello a precios razonables. En ellas no hay nadie controlando, solamente un buzón con sobres en los que rellenas tus datos, introduces el dinero y lo metes dentro.
Comedor de la minicasa
Aquí la gente cumple las normas y cuida su entorno, del que están orgullosos. En cada rincón : miradores, merenderos, parques,  hasta en medio de rutas senderistas, hay servicios públicos impolutos, con papel higiénico, jabón y agua.
Todo el país está lleno de zonas naturales protegidas, a cual más interesante, lo que nos hizo difícil la elección del itinerario. Decidimos ir por el lago Taupo, el más grande del país, la reserva ornitológica de Maungatautari, el Parque Nacional de Tongariro y la reserva del río Whanganui. Todo esto no se puede contar en un blog, hay que verlo en persona, así que ya sabéis...
Hobbits en su hábitat natural
Predomina una vegetación muy frondosa, con un Verde con mayúsculas. El helecho, la planta nacional, aquí es como un árbol, de muchos metros de altura. Y las aves se dejan fotografiar, no le tienen mucho miedo al hombre.
No es casualidad que aquí se hayan rodado películas tan famosas como El señor de los anillos, Avatar, las crónicas de Narnya, etc. Viendo esas películas os podéis hacer una idea de cómo son estos paisajes.
Encarni quiso pasar a la cuarentena en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, que es una ciudad costera de mediano tamaño en el sur de la isla norte. 
Selva en Oceanía
Lo celebramos desayunando a la europea (tostadas, té y café), comiendo en un Hindú, tomando tarta de zanahoria inglesa para merendar y cenando shushi japonés. A parte de comer, nos dió tiempo a visitar el centro, en el que destacan el puerto, el gran museo Te Pui (con diversas colecciones de arte aborigen y de otra índole) y la zona comercial. Tiene fama de ciudad de artistas, y es que está llena de esculturas, exposiciones y talleres de arte. La única pega de esta capital es el constante viento reinante.
Compramos un billete en el ferry para nosotros y nuestra casa rodante y pasamos a la isla sur, pero ese es otro cuento...

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Nueva Zelanda. Auckland.

Nuestro viaje a Nueva Zelanda nos robó un día. Sí, el domingo desapreció de nuestras vidas de repente, nunca lo vivimos ni lo viviremos. Salimos de Santiago de Chile el sábado 10 de marzo a las 23:30, el vuelo
Auckland y su Sky Tower
duraba 12 horas, y puesto que en Nueva Zelanda tiene 8 horas menos que Chile, llegaríamos a las 3:30 de la mañana (hora de Auckland), pero debería el ser domingo 11 de marzo. Pues no, llegamos el lunes 12 de marzo. Se nos esfumó un día completo. Y es que resulta que hay una zona, en medio del Océano Pacífico, donde misteriosamente cambia el día, si vas hacia el oeste aumenta la fecha y si va hacia el este disminuye la fecha del calendario. Todo para no desbaratar los horarios mundiales y sus relaciones.
El caso es que echamos una siesta mañanera en Auckland y luego nos alojamos allí con una fantástica familia con la que contactamos a través de “Couchsurfing”.
Nuestra familia de acogida
Estuvimos tres días visitando la ciudad más grande con diferencia del país. Más de un tercio de la población nacional reside allí, y no es la capital. Nos pareció una metrópoli fantástica. Hay mar por todos lados, una serie de fiordos, entradas, playas y costas diversas la rodean. No es casualidad que tenga la ratio de barcos por habitante más alta del mundo. Hay una zona de grandes rascacielos, y la Sky Tower,
Vista nocturna desde la Sky Tower
el edificio más alto del hemisferio sur. Desde allí vimos un fabuloso atardecer. El museo de la ciudad aloja la colección de arte Maorí y de las islas del Pacífico más importante que existe. Además está rodeado de un inmenso parque con preciosos jardines y campos de rugby y criquet, los deportes nacionales. Como en unos días comenzaba la carrera de barcos “Volvo Ocean Race”, allí estaba el barco español de Telefónica, y el de Camper, que es hispano-neozelandés. Nos llamó la atención el gran número de orientales que se ven por toda la ciudad, y
es que es la zona en la que más mezcla racial existe de todo el país: desde descendientes de europeos, maoríes, orientales (chinos, filipinos y japoneses), gente de las islas del Pacífico, etc.
Atardece en Nueva Zelanda
Muy pocos árabes y casi nada de sudamericanos (algún que otro chileno y argentino). Y, claro está, muchos turistas. Españoles ahora no hay casi ninguno, suelen ir en julio y agosto.
"Maorí en su casa
Esta gran mezcolanza hace que existan establecimientos muy diversos y de muchas nacionalidades. Además es una ciudad muy viva, con muchas cosas que ver y hacer. El tráfico no es muy ruidoso ni muy abundante, lo que junto con el omnipresente mar, las zonas verdes, la amabilidad de la gente y la buena organización general, nos hizo sentir realmente agusto. De todas las grandes ciudades que conocemos, y son unas cuantas, Auckland es la que más nos gusta.
Panorámica de Auckland

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Final americano en Santiago de Chile. Primeros días de marzo.

El vuelo de Buenos Aires a Santiago nos deparó una agradable sorpresa: al atravesar la gran cordillera de los Andes, pasamos sobre el pico Aconcagua, que con sus 6962 metros de altitud y su eterna nieve, es la cumbre más elevada de sudamérica y de todo el hemisferio sur. Como el día estaba soleado, las vistas fueron majestuosas.
Aconcagua desde el avión
Nada más llegar al aeropuerto de Santiago, fuimos a tratar de adelantar la fecha de nuestro vuelo a Auckland (Nueva Zelanda), pero no había plazas disponibles. Total, que teníamos toda una semana hasta el próximo destino. Menos mal que nuestro amigo Toño de nuevo nos recibió en su casa.
Aprovechamos el tiempo para descansar, recuperarnos, lavar ropa, etc.
Como en la anterior visita a Santiago habíamos ido a dos de las casas-museo de Neruda, decidimos completar el conjunto con la tercera: Isla Negra; en una pequeña población costera a casi dos horas de viaje desde la capital. Esta casa era la favorita de Neruda y por eso pidió ser enterrado allí, donde descansa junto a su mujer Matilde. Pudimos ver algunas de sus más preciadas colecciones, como la de mascarones de proa y la de caracolas, además de una gran cantidad de objetos curiosos.
Museo de Bellas Artes
En la ciudad nos acercamos a recorrer el Museo de Bellas Artes y el centro histórico, participando en un tour en el que nos iban explicando las diferentes etapas históricas de esta gran urbe, desde su fundación por parte de Pedro de Valdivia hasta la dictadura de Pinochet. Toño me guió (Javier) en dos recorridos a golpe de pedal por varios barrios, parques y jardines de la ciudad, en los que pude comprobar sus grandes dimensiones y su multitud de zonas verdes.
En el plano gastronómico, nos resultó curiosa la comida que hicimos en los Bomberos. Aquí es un cuerpo de voluntarios con una larga trayectoria histórica y muy bien considerados. En sus mismas instalaciones, ofrecen menús muy caseros y asequibles, de lo cual dimos buena fé, guiados por Toño, como siempre.
De compras en el mercado
Lorena nos obsequió con una “once”: merienda-cena a base de panes, quesos, fiambres, té o café y diversos dulces. La palabra “once” deriva de la costumbre de algunos monjes de tomar a media tarde un trago de aguardiente. Para evitar pronunciar esa palabra, utilizaron el número de letras que contiene. Luego derivó en la merienda que hemos explicado.
En el parque con Carmencita
Disfrutamos de la compañía de la pequeña Carmencita (la hija de Toño y Lorena), que con sus 5 años no paraba de jugar y comenzaba esa semana su primer curso en el colegio.
Al final, la semana nos vino bien para recuperar fuerzas, ya que nos sentimos muy cómodos y relajados, pese al calor reinante. Nos despedimos de nuestros amigos esperando vernos de nuevo en julio, pero esta vez en tierras barcenses.
De esta manera dimos por finalizada nuestra etapa sudamericana. Se nos acababa la comodidad de hablar en español.

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Península Valdés y Buenos Aires (final de febrero de 2012).


Terminado nuestro periplo montañero en la Patagonia, decidimos ir a Península Valdés; que está en el norte de Patagonia. Es una zona muy importante ya que aquí vienen las ballenas (franca austral) a dar a luz y están unos meses con sus ballenatos. Pero ahora no es la época, se fueron hacia la Antártida en Diciembre. También es zona de leones y elefantes marinos, y éstos también crían aquí, lo que hace que vengan las orcas para intentar cazar a los pequeños. Como veis hay mucha animación.

Península Valdés y sus bichos
Tras incontables horas de autobús, llegamos a Puerto Madryn. Allí la temperatura cambia, hace viento pero más calor, de hecho es un lugar de veraneo playero.
Leones (o lobos) marinos
En la ciudad contratamos el viaje para ir a visitar el Parque-Reserva de Península Valdés. Primero vas a la Casa del Parque, en la que hay unas explicaciones sobre la historia del territorio y sus moradores, y también sobre flora y fauna del lugar, con esqueleto de ballena incluido.
Y luego a ver animalitos: armadillos, guanacos (tipo de llama), aves, roedores,... pero claro, los que más atraen a los turistas son los pingüinos de Magallanes, y los leones o lobos marinos, como dicen aquí. También vimos tres elefantes marinos que todavía no se habían ido. Tanto los pingüinos como los leones están con las crías que juegan y se pelean, es entretenido verlos. Las orcas estaban por la zona pero todavía no habían llegado a la costa, por lo tanto, nada de ballenas, otra vez será.
Pingüinos de paseo
Sólo estuvimos un par de días en Puerto Madryn, y desde allí cogimos el bus hacia Buenos Aires.
Otra paliza de autobús (menos mal que son cómodos y el terreno es totalmente plano y sin curvas) y aparecimos en la capital del tango.
Nuestro primo Nacho fue un gran anfitrión por una semanita. Fueron unos días muy entretenidos y variados. Probamos una típica parrilada argentina, (hecha por un chileno), que estuvo muy rica. Tuvimos la fiesta de las vitaminas (en casa de nuestro anfitrión), donde conocimos a los amigos de Nacho, y bailamos la popular Cumbia Argentina, pero no nos a trevimos a probar el Fernet (licor de hierbas tipo colutorio mezclado con cocacola). Hicimos la ruta turística típica: casa Rosada, Avenida y Plaza de Mayo (con sus edificios de corte francés), el cementerio de Recoleta (tumba de Evita Perón), cafeterías (como la de Tortoni entre otras), librerías (alguna era un antiguo teatro), Catedral (tumba de San Martín), la zona de Puerto Madero (con sus diques, rascacielos y paseos), la reserva ecológica (gran parque de humedales con aves), el barrio de Bocca (con la Bombonera y sus coloridas calles), algunas exposiciones (centro cultural Borges y Recoleta), mercadillos y otros muchos lugares menos turísticos.
Maestros del tango...
Aparte de caminar, también comimos. Probamos las pizzas, que enorgullecen a los bonaerenses, y realmante son deliciosas. No olvidamos probar las empanadas, choripan, bifes, bondiola, alfajores y otras especialidades porteñas. Tomamos una versión fría del mate, con jugo de naranja, el tereré.
Caminito nos recibe
Y para empacharnos de cultura argentina, decidimos ir a una tanguería. Una sola clase de tango nos hizo creer que ya sabíamos bailar, pero cuando tras el descanso sonó la música, la pista se llenó de parejas autóctonas que más que bailar interpretan cada nota del tango con su cuerpo. Ante este panorama, decidimos no hacer el ridículo y disfrutar del espectáculo desde la mesa. También se danzó milonga y curiosamente rock&roll.
Otra noche disfrutamos de una divertida cena con los amigos chileno-argentino-españoles, que pretendía ser el broche final a nuestra estancia. Y entonces Javi se empeñó en quedarse un par de días más. Sus únicos argumentos fueron: fiebre, diarrea y dolor de cabeza.
Afortunadamente, no fueron días muy calurosos, asi que pudimos disfrutar de la ciudad cómodamente. Buenos Aires nos pareció una gran urbe con aires de grandeza, por sus enormes avenidas (la gran 9 de julio tiene nada menos que 20 carriles y una anchura gigantesca), sus edificios de talla XXXXXL, su intenso tráfico, la marabunta de gente el las zonas comerciales y turísticas y por supuesto, por su gran tamaño.
Cenita rica... y divertida
Compramos unos billetes de avión a Santiago de Chile (de ida y vuelta, más baratos que solamente ida), ya que habíamos llegado al límite de horas de bus en nuestro cuerpo.

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Glaciar Perito Moreno y montañas en El Chaltèn.


Perito desde el barco


Uno de los puntos más visitados en Argentina es el glaciar Perito Moreno y no podíamos obviarlo.
Desde El Calafate salen las excursiones al glaciar. Pagas bus, entrada al parque, barco que te acerca a la cara sur. Y cuando terminas de pagar.... empiezas a alucinar. Es una extensión de hielo enorme (tres km y medio en el frente) con paredes de hasta setenta metros de alto, de la cual se van desprendiendo gigantescos pedazos que caen al agua formando grandes olas. A parte de la panorámica desde el barco se puede divisar desde diversos frentes con una red de pasarelas dispuestas para ello.
Pasarelas del Perito
Trozos desprendidos del Perito
Pese a ser tan turisti-caro, merece la pena porque es un espectáculo único: la masa de hielo con sus formas y sus colores, el sonido de los bloques al caer, el paisaje que se divisa es majestuoso.



 Siguiendo hacia el norte nuestra siguiente parada la hicimos en El Chaltén, un pequeño pueblo famoso para los escaladores y montañeros en general, porque aquí están dos de las cumbres más míticas: el Fitz Roy y el Cerro Torre.
El Fitz Roy entre los dos
Decidimos no subirlas en esta ocasión... es broma, yo (Encarni) quería, pero a Javi le daba vértigo... Asi que hicimos un trekking de dos días hasta la base del Cerro Torre, volviendo Javi por el valle de El Fitz Roy y yo por donde subí, para no perderme.
Atardecer en Cerro Torre
Las dos montañas impresionan por su belleza y su verticalidad, no extraña que sean de las más difíciles y peligrosas del mundo y se hayan cobrado tantas vidas.
Justo por la parte opuesta a la que se accede se encuentra el campo de hielo patagónico, la mayor extensión helada en el mundo tras los polos. Y vaya si se nota, cuando soplaba el viento cortaba la respiración.
El Chaltén y sus vistas
Por la zona hicimos otros pequeños paseos, y también descansamos ya que esta zona nos gustó mucho y queríamos estar unos días más allí.
Laguna Torre y Pico homónimo
Tuvimos mucha suerte con el tiempo, porque aunque es verano suele estar nublado y nosotros pudimos ver las montañas con sol.

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El lejano sur de la Patagonia.



 Un gran salto aéreo nos acercó al lejano sur, tierra de Patagones, vientos fríos y glaciares.
La ciudad de Ushuaia, la más sureña
Solamente una noche en Punta Arenas (Chile) para tomar el bus de un día completo a Ushuaia (Argentina), mítica ciudad considerada la más austral del mundo. Es una urbe de tamaño medio, bastante turística, con un ventoso puerto, flanqueada por montañas nevadas en el canal de Beagle.
Pingüinos magallánicos
Una excursión en barco nos dio acceso hasta la isla de los pájaros (muchos cormoranes reales), la de los leones (marinos, no los de melena) y la pingüinera (adivinad qué animales hay aquí...). Hay varios tipos de pingüinos, los más abundantes son los magallánicos, endémicos de la Patagonia sur. Es impresionante acercarse a tantos animales que no se asustan ni se preocupan lo más mínimo de nuestra presencia.
Cormoranes reales
Disfrutamos de un paseo por el Parque de Tierra de Fuego, en compañía de Alejandro (un marinero argentino en busca de un barco donde trabajar) y nuestra amiga Manuela (alemana con nombre muy alemán...). Los patos, cisnes de cuello negro, liebres y otros bichos campan a sus anchas por esos terrenos ventosos. Aunque las playas de gravilla son preciosas, no apetece bañarse por la frescura del agua. Estamos en una red de canales o entradas del mar, donde el agua es semisalada (o semidulce), por el desagüe de los ríos.
Leones marinos
El siguiente paso (un paso de 14 horas de bus) fue Puerto Natales (Chile), una pequeña ciudad que es el punto de entrada para el famososo Parque de las Torres del Paine. Aquí nos hemos alojado con una familia de Couch Surfing (ya hablamos de esto en la entrada de Lima). Ha sido una experiencia muy peculiar, ya que a parte de los cuatro miembros de la familia, hemos llegado a estar 16 personas alojadas con ellos, así que las cenas y su preparación eran una fiesta. Nosotros éramos los únicos españoles, y conocimos a gente de muchos países. Todos o casi todos aportábamos algo de comida o ayuda y la famila fue muy amable, tratándonos como a sus propios hijos.
Con Alejandro y Manuela
Alquilamos una carpa (tienda de campaña), cocinilla, sacos y salimos hacia el Parque. Tres días allí caminando en los que tuvimos de todo: desde vientos realmente huracanados hasta lluvia o sol. Las Torres del Paine son unos macizos graníticos verticales impresionantes, entre glaciares, lagos, bosques y ríos. Es el dominio del cóndor, con su majestuoso vuelo. Más abajo, en las planicies circundantes, abundan los guanacos (especie de llama), ñandús (pequeñas avestruces), armadillos, flamencos y multitud de otras aves.
De regreso a casa de nuestra familia adoptiva, un día de descanso paseando por Puerto Natales cuando nos dejaban el viento y el frío veraniegos. Los inviernos aquí deben ser realmente desapacibles, con bajas temperaturas, lluvias, nieve y el omnipresente viento Patagónico.
Junto a las Torres del Paine
Seguía el ir y venir de gente en la casa de acogida, y algunos continuamos el recorrido hacia El Calafate (Argentina), para acceder al majestuoso glaciar Perito Moreno.

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Santiago de Chile y alrededores



Tuvimos una mala entrada en Chile: nos quitaron un montón de jamón serrano y lomo ibéricos que guardábamos como oro en paño para los “españoles emigrados”, debido a las restricciones de locura en la frontera (no se puede introducir ningún producto animal o vegetal crudos). 
Mariscos del otro lado del charco
Más de un mes con estos manjares a cuestas y de repente nos los decomisan, ¡¡ que rabia!!.
Pero las cosas cambiaron enseguida: en Santiago nos acogió en su casa Toño, nuestro amigo Barcense. Y junto a Lorena y la pequeña Cármen, nos han enseñado la capital y alrededores.
Después de Venezuela y Perú, llegar a Chile es como regresar a Europa. Es sorprendente la gran influencia de ese continente. Española, por supuesto, pero también alemana e inglesa, tanto en las comidas y bebidas como en la arquitectura o en diversas costumbres. El “tesito” o los “kuchen” son solamente un par de ejemplos.
Contrastes en la capital
La capital es grande, más del doble que Madrid, pero tiene de todo: está a una hora tanto de la montaña como de la playa, osea por un lado los Andes y por el otro el Pacífico. Y precisamente la cercanía de este océano hace que haya una gran presencia de mariscos y pescados.
Hemos disfrutado de algunos de ellos que no existen en España, como los locos (deliciosas especies de lapas gigantescas), y otros similares a los europeos, pero con un tamaño enorme, como los supermejillones, las machas chilenas o los centollos. Y encima, todo más barato que en casa.
El “cajón de Maipu” parece otro planeta, reuniendo además gélidos ríos, glaciares, volcanes, montañas de multitud de colores, minas, baños termales, etc. En esa zona, el árido paisaje de cáctus y chumberas se mezcla con nogales, ciruelos o manzanos. Todo un cóctel para los sentidos.
Cajón de Maipu, colores en la montaña
La cercana ciudad de Valparaíso, bien merece una visita, ya que aparte del gran puerto de mercancías, tiene unos interesantes barrios con casas de colores, mercados, zona portuaria con sabor añejo, playas cercanas, etc.
También destaca en esta población una de las tres casas de Neruda, la Sebastiana, cuya visita es imperdonable, por sus curiosidades y por las grandiosas vistas.
Valparaiso y sus coloridas calles
La otra que visitamos fue la de Santiago, La Chascona, construida para vivir en ella con Matilde, su tercera y última mujer. En esa casa un guía nos explicó la vida de Neruda y vimos otra parte de su colección de objetos curiosos.
 La casualidad quiso que nuestro primo Nacho se encontrase de vacaciones en Chile y nos vimos un día en el que tras pasear por el mercado de pescado y una gran estación, comimos y visitamos el centro de Santiago, la Casa de la Moneda. Será nuestro anfitrión dentro de un par de semanas en Buenos Aires.
Nacho y Javi en el corazón de Santiago
Han sido unos maravillosos días de verano en la capital, con muy buena compañía y a la que regresaremos tras el periplo patagónico.

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